Había una vez un niño,
cuyo padre le faltó
porque era la resiliencia su cuestión.
Aún enfrentando las tempestades sin razón,
en la soledad del pensamiento y el corazón,
supo encontrar la luz que guíe su camino
y a ella se aferró.
Así de niño a grande pasó,
y una gran familia soñó,
pero antes de ella,
no hizo otra cosa que prepararse,
en la increíble tarea de ser padre.
Según cuentan sus pasos,
esta tarea no sólo abarcó su tiempo y espacio,
sino su espíritu inquebrantable,
junto a toda su convicción.
La vida le trajo una mujer,
seis hijos y muchas historias.
Algunos recuerdan más que otros,
pero hay una herencia que no se borra,
la de él, cuidando el jardín, sin reloj, sin memoria.
Algunas veces me pregunto,
¿Cuánto habrá hablado con sus flores?
¿Cuánto de sí dejó en ellas?
y la respuesta la consigo cuando miro las estrellas.
Una en particular, que en la distancia nos abraza
nos arrima al mismo lugar.
El sirio, la que más brilla en la oscuridad.
Javier María Héctor Mestres, vivió para ser luz. La luz que nos une y reúne en familia.
(25/02/23 · 09/07/94)
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