Todo comenzó en una calurosa noche de invierno siendo un poco más de las 20:30 cuando ya se apagaba otro silencioso miércoles. Nuevamente me escapaba hacia mi casa donde seguramente me fuera a encontrar con mis padres y mis hermanos.
De lo que no puedo olvidarme es de la ansiedad que me tenía despierto aún en un viaje completamente monótono, sin embargo de un momento para otro perdió la batalla contra mis párpados y así fue que me abandoné a un sueño que realmente no recuerdo - o tal vez no soñé nada - igualmente no viene al caso, en fin, lo que sí importa es que cuando abrí los ojos reconocí los paisajes próximos a mi pueblo (esto si que era un buen indicio).
Después de que me buscaron en la terminal, por fin estaba en mi casa la cual difería con algún que otro mueble cambiado de lugar, que le daba ese rasgo irreconocible. Mi cuarto aún estaba intacto con las cuchetas azules, mi escritorio con la lámpara de arquitecto color negra, la biblioteca con la pequeña colección de libros y revistas que en algún momento pasaron por el cajón de la mesita de luz - ahora repleta de ejemplares que no sé cuándo voy a leer - también seguía ahí, en un rincón, el colchón de dos plazas que se había convertido en sillón y si, mi adorable y entrañable cama aún se encontraba igual que la última vez, con mi manta preferida y la que nunca podía faltarme antes de dormir, la que siempre escuchaba sin recelo alguno pero que nunca pude hacer hablar, ahí estaba la almohada que me confeccionó mi abuela.
Salía el sol y era un nuevo día cuyo principal acontecimiento era volver a cruzar el Méndez Casariego para llegar al verde parque Unzué, que desde quién sabe cuando espera el típico termo bien lleno y el añejado mate - que tiene más historia que su propio dueño. Una vez sentado en ronda, por esas casualidades de la vida, ves como va y viene la gente saludando algún que otro personaje de tanto en tanto, y así es como se fueron las tardes.
Llegaba el fin de semana, casualmente regresan a la mente esos días en los que estábamos todos; el grupo completo y sin darnos cuenta se volvía a repetir. Había que brindar y que mejor que hacerlo a las 4:00 cuando la noche está en alza. Después de unas copas y rostros felices para donde quiera que apuntes tu mirada, abrazos y todas esas cosas comunes a los reencuentros, en ese preciso instante, es cuando la ves... sentada sobre la barra sonriendo de esa forma que sólo ella sabe. Sin más impedimentos diseñas espontáneamente la situación, acortando las distancias de la conversación. Hablando de todo un poco - como dos personas que hace tiempo no se veían - no es posible quitar la vista de sus ojos de un nítido verde y muy envidiable. Miradas sinceras, cachetes ruborizados y los labios en un tono escarlata junto a su lacio y rubio pelo son la combinación perfecta de la sonrisa a continuación.
Tan sólo una hora más en silencio, el tiempo para... lo dejo a tu criterio.